El lenguaje artístico es un medio fundamental de expresión del ser humano. Así, las artes como la literatura, la danza, el teatro etc., permiten expresar lo que en multitud de ocaciones no puede decirse sólo con palabras. La música es clave en este contexto: sentimos, celebramos, nos emocionamos, lloramos con ella y hasta nos liberamos cuando la creamos, haciendo que surja de nosotros una explosión de sentimientos.

La vida del ser humano siempre ha estado rodeada de música, desde los hombres primitivos hasta la actualidad. Desde aquellas canciones que acompañaban las tareas y labores domésticas hasta los himnos y cánticos que entonamos cuando nos abstraemos o gana nuestro equipo favorito.

Canturreamos, la escuchamos en la ducha, en el coche, en el móvil, en la publicidad. Puede gustarnos más o menos, un tipo de música u otro… pero, lo que está claro, es que vivimos rodeados de música aunque no seamos conscientes de ello.

La música nos envuelve, nos permite recordar y a la vez evadirnos del mundanal ruido que en muchas ocasiones nos perturba, por ello valorarla y apreciarla es algo que debemos aprender desde niños.

El arte de crear música, de representarla e interpretarla… sacar de nuestro yo más íntimo todo lo que no sabemos expresar de otra manera, hace que la música se convierta en una de nuestras mejores vías de escape en los momentos más delicados.

Sin embargo, muchas veces, no le damos la importancia que merece. Si nos paramos a pensar, ha sido durante la pandemia debido a la COVID-19, cuando muchas personas se han dado cuenta de que, para sobrellevar mejor el confinamiento, han recurrido al arte en cualquiera de sus manifestaciones: teatro virtual, cine, exposiciones, conciertos… porque el arte es alimento y bienestar para el alma. 

Este mes especialmente, celebramos este arte el día de Santa Cecilia, que se conmemora el 22 de noviembre.

Cuenta la leyenda que Cecilia nació en el seno de una familia noble romana. Antiguamente las familias concertaban los matrimonios de sus hijos en función de la conveniencia, generalmente económica y/o social, sin tener en cuenta el amor. De acuerdo a esta costumbre popular, su padre quiso casarla con un aristócrata pagano y la obligó a unirse con el joven Valeriano, pero Cecilia se había convertido ya al cristianismo, religión perseguida en aquella época.  Para no disgustarle, Cecilia aceptó, pero decidió llevar una vida consagrada a pesar de ese matrimonio concertado, por lo que habló con su marido y le confesó su necesidad de servir a Dios y a su obra. Él entendió su decisión, la respetó e incluso se convirtió al cristianismo, por lo que Cecilia pudo ser libre en su corazón y abrirlo al plan de Dios. Así, durante la ceremonia nupcial, mientras los músicos tocaban, Cecilia rezaba y cantaba a Dios con su alma.

Con su vida se había convertido en ejemplo para otras personas, por lo que fue perseguida y torturada, llegando a convertirse en mártir de la Iglesia. Hoy somos libres para luchar por nuestros sueños gracias a la entrega sin reservas de personas como Santa Cecilia, que a pesar de sus miedos vivieron su fe hasta las últimas consecuencias.

Dejemos, pues, que, Santa Cecilia armonice nuestras vidas con su dulce melodía.

Vanessa Sancho y Bárbara Baquero

Profesoras de Música