A menudo escuchamos afirmaciones sobre la pobre cultura que tienen los adolescentes de hoy, sobre lo poco que leen o sobre su escaso o nulo interés hacia la literatura (entre otras cosas). Puede que algo haya de verdad, pero, si buceáramos un poco en la Historia de la humanidad, veríamos que tales afirmaciones estuvieron ya en boca de Platón y sus contemporáneos. Es cierto que, en nuestra época, esta -aparente- falta de interés por los libros, se ve aumentada y favorecida por la cantidad de inputs, de imágenes, información y ruidos varios a los que nuestros adolescentes están acostumbrados.  Pero, si los jóvenes muestran esta actitud, ¿no deberíamos plantearnos los adultos si en ello tenemos mucha o casi toda la culpa?, ¿les hemos sabido transmitir la pasión por los libros?, ¿hemos sido testimonio ante ellos de las prodigiosas cualidades curativas que tiene la lectura para un alma que padece el mal de los tiempos modernos?

Decía Jorge L. Borges, que «el alma de los jóvenes es espontáneamente hospitalaria; debemos aprovechar esa hospitalidad, que no excluye ninguna faceta del múltiple universo, para la disciplina de la educación del goce estético, que los años y el hábito de la lectura irán afinando». Los niños, los adolescentes, los jóvenes, tienen un alma «espontáneamente hospitalaria», es decir, abierta, deseosa de entender, de encontrar un sentido a esta vida de la que tantas veces, creemos que están ausentes. Que no nos engañe la máscara. No hay desgana vital, simplemente, adolescencia, es decir, un corazón que adolece y, por tanto, busca aquello que le falta. Y es en este punto donde la literatura puede jugar un papel importante.

Con frecuencia se ha usado la imagen de la literatura como un viaje. Un viaje en el tiempo, en el espacio y, añadiría que, más fundamental aún, un viaje hacia uno mismo, a través de lo que está fuera de uno mismo. En este sentido, quisiera traer a colación una afirmación de la estudiosa de la literatura Tatiana Kasatkina: «Nosotros, poco a poco, nos hemos ido olvidando de que la lectura no es solo un “adorno” de la vida del hombre, sino que es algo que forma al hombre, que lo estructura, porque la lectura es como un pozo de la experiencia común de la humanidad y, a través de ella, el hombre puede recibir una experiencia sin necesidad de hacer esa determinada experiencia en primera persona».

 

No debe preocuparnos si no les apasiona ahora leer a Cervantes o a Lope de Vega (y conste que son los autores preferidos de quien escribe estas líneas). Ya llegarán a entender su valor. A nosotros nos toca solo presentárselos, decirles que hablan de ellos, aunque no les conocieran cuando escribieron sus aventuras o sus versos. Dejémosles -al margen del programa- que elijan sus lecturas, que, en su gran mayoría, forman parte del género fantástico. Y no caigamos en el error de menospreciarlo. Más bien, preguntémonos qué tiene la literatura fantástica o qué buscan en ella los adolescentes. El género fantástico no es, como muchas veces nos parece a los adultos, un batiburrillo infantil de magia y personajes extravagantes, que sirven para evadirnos de la realidad -esa que nosotros consideramos más real- o, simplemente, para pasar el rato avivando la imaginación (que ya sería algo bueno, en la mayoría de los casos). Las novelas fantásticas han tejido un universo común de imágenes y lenguajes distintos para expresar ideas muy profundas: la lucha entre el bien y el mal, la forma de relacionarse con un mundo vivo (y no maleable a nuestro antojo), la necesidad de la amistad, el coraje y la humildad y, finalmente, la cuestión clave, la búsqueda de uno mismo (y ya decía Don Quijote a Sancho que ese «es el más difícil conocimiento que pueda imaginarse»).  Por tanto, cuando un adolescente se acerca a este tipo de literatura (y algunos la devoran), no es baladí lo que está buscando en ella, incluso cuando esta búsqueda sea inconsciente o a ciegas.

Dejemos que los adolescentes se asomen a los libros, dejemos que vivan aventuras fantásticas o que busquen tesoros en recónditas islas. Seguramente, si siguen navegando, alcanzarán un día el puerto de los ilustres ingenios y entenderán que también aquellos hombres barrocos o románticos, buscaron lo mismo que ellos y acabarán por considerarles leales compañeros en la gran aventura de la vida.

 

Isabel Almería Sebastián

Profesora de Lengua y Literatura

 

1.Borges, J.L, Prólogo al libro del Departamento de Letras del Colegio de la Inmaculada Concepción, Cuentos Originales, 1965, Santa Fe. Castelví, SA.
2.Kasatkina, T, Leer en el colegio y en familia, cómo y para qué, encuentro con la Asociación Il mondo Parla, marzo de 2017.
 3.Cervantes, M., Don Quijote de la Mancha, II, cap. XLII